▷ La tarta de higos ✍

La tarta de higos

Al despertar, le embriagó un olor muy familiar. Uno que hacía mucho tiempo, no olfateaba.
Por un momento ese olor, a su infancia la transportó. Ahora se veía a sí misma, junto a su abuela. Observándola, mientras esta, elaboraba una tarta de higos con leche de cabra fresca y azúcar de caña. Ya la tarta confeccionada. Le ponía una velita, la encendía y le pedía que la apagara. Pero que no se olvidara, de pedir un deseo. Y sobre todo, le indicaba que, por nada del mundo, contara lo que había pedido en ese deseo. Si lo cuentas, no se cumplirá. Ya apagada la velita y pedido su deseo. La abuela le cantaba el cumpleaños feliz. A continuación, se sentaban las dos a la mesa. Su abuela le servía un trozo de la exquisita tarta de higos y de acompañamiento, un vaso de leche de cabra bien fría. Hacía lo propio para ella. Ya servidas las dos. Daban buen fin, al manjar.
Desde que ella lo recuerda. Eso ocurrió en cada uno de los cumpleaños, vividos junto a su abuela.
–        Esto es imposible, pensó. Mi abuela ya no está. Vivo sola y conmigo no hay nadie. Pero además, esa receta no la tiene nadie. Ya que, solo a mí me la dio. Debo de estar dormida aún y esto es solo un sueño.
Se dio la vuelta en la cama. Pero, ese olor, era cada vez más embriagador.
Hoy era su cumpleaños y era el primero que iba a pasar sin ella. Tal vez, sean los recuerdos y que la echaba de menos.
El olor no se iba. Pero, es que además, oía como alguien trasteaba en la cocina. Se levantó y a ella se dirigió.
Al llegar a la cocina, no podía dar crédito a lo que con sus ojos veía. Encima de la mesa, había una tarta de higos con una velita encendida y un vaso de leche.
¿Cómo era posible? Si su abuela había fallecido, hacía ya, casi un año.
Corrió al cuarto de baño. Ya en él, se lavó la cara con agua fría y sin llegar a enjugarla, volvió de nuevo a la cocina.
Al entrar. La tarta con su velita y el vaso de leche, seguían en su sitio. Solo que, ahora estaba también, su abuela sentada. En el mismo lugar y en la misma silla, que lo había hecho siempre, desde que ella lo recordaba.

–        Esto no puede estar pasándome a mí. Pensó en voz alta. Mejor me voy de nuevo a la cama. Me vuelvo a dormir y cuando despierte, nada de esto recordaré. Ya que, todo esto habrá sido la causa, de un mal sueño.

–        No mi niña, ven y siéntate junto a mí. Tienes que apagar la vela, antes de que se consuma.
–        ¿Cómo? Preguntó ella. Pero lo hizo, sin esperar respuesta.
–        Venga. Pide un deseo y apaga la vela. Para que te pueda cantar el cumpleaños feliz.
–        Abuela pero si tú estás…
–        La abuela no la dejó terminar la frase. Se lo que vas a decir. Cierto, hace once meses y un día yací. Pero, como te iba yo a dejar sola, en el día de tu cumpleaños. Sin tu tarta de higos y tu vaso de leche de cabra bien fría.
–        Pero abuela cómo es posible. No entiendo nada.
–        Hijita ¿Cuál era el deseo que tú pedías, en cada uno de tus cumpleaños?
–        Bueno yo. El caso es que, siempre he pedido el mismo.
–        Pues bien, parece ser, que se te ha cumplido ¿o no?
–        Eso parece.
–        Y ahora ven. Pide tu deseo y apaga ya de una vez, la dichosa vela.
–        De acuerdo abuela.
–        Al ir a pedir el deseo. Su abuela le dijo. Ahora ya puedes pedirlo en voz alta. Puesto que, tu deseo ya se te ha cumplido.
–        Mi deseo sigue siendo el mismo. Que durante todos los cumpleaños de mi vida, mi abuela esté presente conmigo. Para que las dos, podamos compartir esta maravillosa tarta de higos. A continuación apagó la vela.
–        Ves hija, como no tenías que buscar tantas explicaciones. Simplemente, tu deseo se ha cumplido.
–        Supongo, dijo la nieta.
–        Claramente así es. Mi amor por ti, es mucho más grande que el dolor, que ambas, hemos sentido por mi partida. Así que, no te tienes que preocupar por nada. Cada vez que me necesites, aquí estaré yo.
–        Abuela me gustaría abrazarte ¿puedo?
–        Claro que puedes.
–       Las dos se abrazaron. Tras el abrazo, la abuela le cantó el cumpleaños feliz a su nieta. Luego, compartieron la tarta de higos.
Ese día de cumpleaños, ella pensó, en que iba a ser el primero, en pasarlo sin la compañía de su abuela. Pero, se equivocó. Y desde ese día, hasta hoy. Cada día de cumpleaños, acontece lo mismo. Abuela y nieta lo pasan juntas. Sentadas en la cocina y compartiendo la tarta de higos.
Moraleja: Cuidado con los deseos que se piden. Unas veces se cumplen y otras no. Pero, ya cumplidos no hay vuelta atrás.


La tarta de higos –
(c) –
Maria Milagrosa Reyes Marrero

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