▷ El certificado de Eva ✍


El certificado de Eva

El vestido rojo de seda natural que llevaba puesto, cada vez se le pegaba más a su cuerpo.
—En ese momento Eva se preguntaba, —¿porque habré elegido este vestido?— Mira que estuve a punto de ponerme el blanco de algodón y en el último momento, después de salir de la ducha y haberme arreglado la cara, me decidí por este y ahora, no sé qué hacer, ni cómo ponerme, para disimular el mal estar que siento con este vestido.
Todo esto era porque Eva llevaba ya, más de una hora en aquella interminable cola, en el viejo edificio, en el que estaba ubicado el ayuntamiento del municipio de aquel pueblo, en el que Eva residía.
—¿Qué horror! Se decía a ella misma una y otra vez y sin dejar de mirar el anticuado reloj de pared, preguntándose cómo se sostenía aun allí aquella antigualla, no por lo anticuado del reloj, sino por el estado en el que se encontraba el edificio en su interior, pues desde fuera, aun podía decirse que era transitable, pero ya en el, dejaba mucho que desear.
El motivo de aquel mal estar, en aquella cola perdurable, era que en el almanaque, corría el mes de agosto y precisamente ese día habían unos cuarenta grados, pero debido a la cola y que en ese viejo edificio no existía aire acondicionado, Eva calculaba que allí habrían unos diez grados más que en la calle, ella no recordaba haber sudado tanto en su vida.
Eva hacia dos días que había cogido vacaciones en su afortunado trabajo, con un bienaventurado sueldo, que para los tiempos que corren ya es una lotería, en otros tiempos atrás, lo que Eva hubiera tenido seria un  calamitoso trabajo con un mísero sueldo, pero eran los tiempos que tocaba vivir y no es que Eva fuera una conformista que no lo era, pero lo que Eva sí que era, era ser realista.
Bueno pues como que, además de llegar los tiempos de vivir en precariedad. También, han regresado los tiempos de más atrás, lo digo, por lo que hay que hacer ahora, antes de comprar algún billete para viajar y si eres residente de alguna de las islas, lo que tienes que hacer para poderlo demostrar y que, el descuento de residente te puedan aplicar.
Era eso lo que hacia esa mañana, de tanto calor del mes de agosto Eva, en esa gran cola, intentar sacar un certificado de empadronamiento, para que le apliquen ese descuento.
Eva lo que no podía entender era que, viviendo en pleno siglo veintiuno y con las nuevas tecnología aplicadas en el campo de la informática. Como es que, con el nuevo DNI electrónico. Que se supone que, lleva implantado un chic, donde quedan grabados todos nuestros datos más importantes, no nos vale para sacar un simple billete y presentarlo a la hora de viajar. Si cada uno lleva su DNI en vigor, supuestamente, todos los datos están y son correctos. Como es que volvemos, a un década atrás y tenemos todos, un certificado que presentar, a la hora de viajar.
—Bueno da igual, si con tanto paro que hay. Trabajo ni esperanzas de aflorar, quién dentro de poco, un certificado se va a poder sacar. Pues hay ayuntamientos a los que, muy caros se los tenemos que pagar.
En ese momento, va y la maquinita se queda sin papel, justo cuando a Eva ya solo le quedaba un pobre ciudadano residente de aquellos alares, para que ella comenzara a teclear la sin papel para que le expidiera su certificado.
Entonces, una funcionaria con cara un poco entre sudorosa por el calor, el agobio, de tanta cola. El que ese mismo día, se había publicado que, en Navidad no le iban a abonar la paga. —La verdad que, no era para menos pensó Eva—. Ya que, hay funcionarios/as, no se pueden medir todos/as por el mismo rasero. Además, aquella pobre mujer ni siquiera, era funcionario. Era laboral, eso sí, cobraba del erario público. Pero también, cobran del erario público los cargos de confianza y los asesores, por poner solo dos ejemplos. Que, los cargos de las cajas también, se pagan con los impuestos de todos. Pues también, son elegidos políticamente y cuando se van, lo hacen con un gran sueldo perpetuo y sin responsabilidad, de la mala gestión realizada.
—¡Uf! Menos mal que la maquinita, ya la han cargado de papel, y por fin en mis manos tengo el dichoso certificado y total solo para ir a mi familia visitar, pues aunque este de vacaciones laboralmente, no me las puedo permitir económicamente y con lo que está cayendo, lo poco que tengo, mejor lo pongo a buen recaudo.
Eva salió después de una hora y cuarenta y siete minutos, todo ello controlado por aquel viejo reloj, colgado de aquellas paredes deseosas de un pintor de brocha gorda, que le diera unos buenos brochazos. Entonces, cogió y guardo en su bolso de rafia, con mucho cuidado el dichoso certificado. Ya en la calle, se dirigió a su casa, donde nada más llegar, se desnudo y se metió en el cuarto de baño. Donde de nuevo, se dio una ducha y mientras el agua fría corría por su piel morena, Eva reflexionaba por todo lo que le había tocado experimentar esa mañana. —Y a la vez de decía, bueno al menos yo de momento, puedo al menos darme una ducha, después de haber ido a recoger ese dichoso certificado. En cambio, cuántos habrán que darían lo que fuese, si lo tuvieran claro está, por darse una ducha, al menos una vez a la semana, ¡uf! mejor me termino de duchar que, aún tengo que lavar el dichoso vestidito todo sudado, que me acabo de quitar. Ya que, será el que en el viaje, me lleve puesto. Pues, a pesar de todo lo mal que lo he pasado por culpa del calor, es el mejor que tengo para ponerme. O el más decente, como diría mi abuela. —Entonces, Eva se rió y dijo en alto —¡ay abuela!, seguro que si tú estuvieras aquí, habrías entrado por la  puerta del viejo ayuntamiento, te hubieras acercado a algún/a funcionario/a y le hubieras dicho, ¡vengo a buscar el certificado de mi nieta Eva!.
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