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▷ Sin soltarse las manos ✍

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Sin soltarse las manos

Como cada tarde, la pareja de ancianos salían a pasear.
Tras cerrar la puerta de la vieja casona, ya en la calle, se preguntaban a la vez, los dos ancianos todos los días lo mismo:
• ¿Para donde?
• ¿Para donde vamos hoy a pasear?
• ¿Para la laguna?, o ¿para el río?
• Y siempre la misma respuesta y a la vez, bueno pues como ayer fuimos en dirección a la laguna, yo creo que mejor hoy vamos en dirección del río, ¿te parece?
• Me parece, se contestaban.
• Ese día tomaron rumbo hacia el río, el camino era un poco más corto que el que tenían que tomar para dirigirse al lago, pero ya para ellos, era un poco más fatigoso, ya que el pueblo donde los dos abuelos vivían, estaba ubicado en una montaña, a una altura de unos dos mil metros, en la bajada debían de tener mucho cuidado con las caídas, pues sus piernas ya no eran, lo que fueron décadas atrás y a la hora de regresar, la subida debían hacerla con mucha paciencia para poder llegar, pues como ellos mismos decían, “a este pueblo se sube descansando y se sale de él frenando”. 
• Pero a pesar del gran esfuerzo que tenían que hacer, era el paseo hacia el rio el que más les gustaba, les daba igual que tanto en la  bajada, como en la subida, cada vez necesitaban más veces, en el trayecto descansar.
• Nada más terminar la bajada de la larga inclinación, tomaban rumbo a un pequeño bosque de ciruelos y nísperos, ya en él se adentraban cogidos de la mano.
• Traspasando el bosque, llegaban a un cañaveral muy verde y muy  bien enclavado a lo largo de la rivera del río.
• Rivera de ese río, que a ellos en concreto les gustaba venir, no solo por el disfrute del paisaje, que lo era, sino por los recuerdos, que aquellos paseos tan agradables les traía a los dos ancianos.
• De vez en cuando a lo largo del recorrido, se tomaban algún descanso, pero había un rinconcito en el que era parada obligada, se sentaban los dos a la sombra de un viejo árbol, a la orilla de su río predilecto.
• Ya sentados, procuraban estar juntitos, ponían sus pies dentro del agua, se cogían de la mano, se miraban a sus cansados ojos, luego los cerraban y sin hablar entre ellos, se comunicaban, a la vez que el sonido del agua en el transcurso de su continua corriente, escuchaban.
• Llevaban toda la vida juntos, habían vivido y compartido muchos momentos, unas veces habían sido malos, otras menos malos, los había habido buenos, pero también muy buenos, eran estos últimos a los que los dos ancianos les gustaba evocar. Sin soltarse las manos, después de tener sus ojos cerrados, respiraban profundamente, luego conectaban sus mentes y los dos ancianos, sin abrir sus cansados ojos, sin llegar a soltarse las manos cogidas, que seguían unidas y sin articular palabra alguna, evocaban su juventud, retrocediendo hasta esos días largos y calurosos de aquellos veranos, que siendo aún los dos unos niños, recorrían juntos y a diario, el camino desde lo alto del pueblo, pasando por el bosque, hasta llegar al río, para luego bañarse en sus aguas limpias, frías y transparentes.
• De niños, jugaban, se bañaban y a la vez se reían,  como mismo el rio que, con el tiempo sus aguas, por él no han dejado de correr, ellos con el tiempo crecieron y se convirtieron, pasando de niños a adolescentes, luego a jóvenes para terminar siendo mujer y hombre adultos, pasaron de ser amigos, a ser amigos que se convierten en novios y más tarde en matrimonio y como el reloj biológico no deja de caminar, a los dos en ancianos los ha convertido ya.
• Los dos ancianos sin soltarse las manos, abren sus ojos, sacan del agua del rio, sus pies fatigados, con mucho cuidado se ponen en pie, ahora necesitan ayudarse para levantarse, ya nada es como ayer, que de un tirón y sin ayuda, ellos se levantaban.
• ¡Bueno ha valido la pena, haber elegido hoy, una vez más por la orilla del rio pasear!
• ¡Ya lo creo amor mío, ha valido la pena, aunque luego a la hora de subir la empinada cuesta, el lugar de cinco veces, seis tengamos que descansar!
• Después de puestos en pie, y sus ojos abiertos, retoman el camino de su paseo diario, van recorriéndolo lentos pero muy seguros, con la seguridad de que el resto de la vida que les quede, juntos la van a vivir, como la han vivido juntos desde su niñez, hasta haber conocido el río y no dejar de pasear por su rivera y bañarte en el.
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Escrito por Mila Reyes

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