Zapato rojo de tacón

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Zapato rojo de tacón
 
Cada día al ir a trabajar, pasaba por delante del escaparate de la zapatería de la calle principal y cada día ante el me paraba. La razón no era otra que, admirar un precioso zapato rojo de tacón. Y cada día al pasar, parar y al zapato mirar, me volvía lo mismo, a mí misma preguntar.
— Me los podría comprar y ponérmelos solo un ratito para andar.
Pero luego recapacitaba y me contestaba.
— No te los puedes comprar ya que, bien sabes tú que con los tacones no das ni un paso del tamaño de una aceituna.
Pero yo no le hice caso a mi razón y si a mi corazón. Los zapatos rojos yo me compré y para salir de fiesta al siguiente día los estrené. Contenta y feliz iba yo. Habían pasado ya más de cuatro horas y todavía a mí, mis pies no me dolían. Mi corazón rebosante estaba y a mi razón le inculcaba.
— Ves como yo tenía razón y gracias a eso, estoy disfrutando de mis zapatos rojos de tacón.
Pero no pasaron no más de noventa minutos, cuando mis pies pedían a gritos que los liberara de aquellos tiranos tacones.
— Qué hago, me preguntaba, el trayecto de vuelta a casa, he de hacerlo andando y el tiempo que tardaré en recorrerlo, son algo más de dos horas.
— Te lo dije, le decía la razón.
— Lo sé, lo sé, le respondía el corazón.
— Libéranos, le decían los pies.
— ¡De acuerdo!
— De acurdo qué, dijeron al unísono, la razón y los pies.
— De acuerdo a los dos. A ti razón, la razón tenías, la razón te la doy. Y a vosotros pies, de acuerdo, os liberaré.
Y sin pensárselo dos veces, se agachó, se quitó sus zapatos de tacón y a los pies liberó y tras habérselos quitado, andando descalza a su casa se marchó.
Al siguiente día, de camino a su trabajo, como siempre por delante del escaparte de la zapatería de la calle principal volvió a pasar y delante del se volvió a parar y como no, a otros preciosos zapatos de tacón volvió a admirar. Solo que esta vez, a sus emociones logró controlar.
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