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▷ Un trato con Luzbel ✍

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Un trato con Luzbel

Su cuerpo ya no le pertenecía. Lo había canjeado por una nueva vida. Ya que según él la que poseía hasta el momento del cambalache, transcurría con la monotonía del día a día.
Ismael que era como se llamaba. No se cansaba de decir, cada día lo mismo. Jamás ocurre nada nuevo. Mi vida es la misma de lunes a sábado. Siempre igual. Me levanto para ir a trabajar. Al terminar la jornada, regresar a casa para dormir y al siguiente día igual. De nuevo comenzar el día con la misma rutita y del mismo modo terminarlo.
Los domingos por la tarde, bajaba de su casa y se dirigía al bar de la plaza. Ya en el bar, se sentaba en la misma silla situada en una mesa de la terraza. Ya sentado tomaba una cerveza, sin cambiar de marca jamás. Eso sí, lo hacía acompañado de su mejor amigo. Amigo desde la infancia, el cual llevaba por nombre Raúl.
Pero una de esas tardes de domingo. Ismael estaba sentado en la misma silla, situada en el lugar de siempre y ésta vez estaba solo. Pues poco antes de bajar de su casa, para dirigirse a la terraza del bar de la plaza. Su amigo Raúl, le había llamado para comunicarle que le era imposible asistir a la cita dominguera. Añadiendo que tenía un compromiso familiar inexcusable.
Allí estaba Ismael sentado. Cuando de pronto alguien se le acercó y le habló.
— Ya que tu amigo hoy no vendrá. ¿Puedo sentarme a su lado?
Ismael se le quedó mirando y le dijo. Si claro. ¿Pero cómo sabe lo de mi amigo?
— Yo sé muchas cosas. Como por ejemplo. El modo en que te quejas constantemente, de la vida tan aburrida que vives.
Ismael miró a aquel extraño a la vez que se preguntaba. ¿Cómo sabía ese hombre lo de su vida?
— Lo sé. Le dijo él.
Ismael pensó. Pero si yo no he hablado.
— Ni falta que hace. Le respondió él. Por cierto me llamo Luzbel. Aunque hay quienes me llaman por otro nombre. Pero eso ahora no viene al caso. Tú llámame Luz y punto.
— De acuerdo te llamaré Luz. Yo me llamo Is
— Y Luzbel le cortó. Sé, como te llamas. Tu nombre es Ismael, aunque todos te llaman Isma. Así te llamaré también yo.
Ismael cada vez estaba más desconcertado y pensaba. Sabía que mi amigo hoy no vendría. Sabe lo de mi vida aburrida. Sabe cómo me llamo. Acaso sabe algo más de mí. ¿Quién es este Luzbel?
— No te asustes Isma. Pero sí lo sé todo de tu vida. Tu nombre por ejemplo, te lo pusieron en honor a tu padre. Sé, cuando diste tus primeros pasos. Cuando se te cayó tu primer diente. Tu primer día de guardería. El primero de colegio. La fecha de tu graduación y así podría numerarte tu vida paso a paso, hasta el día de hoy.
— ¿Quién eres? Preguntó Ismael.
— ¿Qué quién soy? Bueno cómo te lo diría yo. No soy un mago. Tampoco un Dios. Pero tal vez si sea, quien haya podido estar más cerca de él alguna vez.
— No te entiendo.
— Te suena lo del Ángel malo.
— Lo del Ángel malo. Sigo sin entender.
— Ángel malo. Ángel caído. Ángel de tinieblas. Demonio. Luzbel. Lucifer. Satán. Satanás. Diablo. El nombre dará igual, yo he venido aquí para poderte ayudar.
Ismael al escuchar aquellos nombres, abrió sus ojos todo lo que pudo y pensó. Debo de estar dormido y esto es un sueño, o estoy viviendo una pesadilla.
— No Isma. Ni estás dormido, ni estás soñando, ni estás viviendo una pesadilla. Es tan real, como que estamos aquí sentados los dos. En esta terraza. A la que acudes cada tarde de domingo, a charlar y tomar unas cervezas con tu amigo. El mismo que hoy no ha podido venir y el que ya no vendrá jamás.
— ¿Qué dices? ¿Te burlas de mí? ¿O es qué estás loco?
— Ni me burlo de ti, ni estoy loco. Tranquilízate que te lo explico ahora mismo.
— Te escucho.
— Ahora mismo, tu amigo está en el hospital con su madre.
— En el hospital, pero si él no me dijo a mí nada de que su madre estuviera enferma.
— No, si no es su madre la que está enferma.
— ¿Quién entonces él? Preguntó Isma.
— Si Isma. Tu amigo Raúl, ¿Porque se llama así verdad?
— Sí se llama así. ¿Pero qué le pasa?
— Siento decírtelo, pero está muy enfermo.
— ¿Enfermo? Pero si él no me ha comentado nada. ¿Cuándo se ha puesto enfermo?
— Lleva ya mucho tiempo y no se lo ha contado a nadie. Ni siquiera a su madre. Es por eso que hoy, con la disculpa de que su madre tenía que ir a recoger unas recetas, de unos medicamentos para ella. Raúl decidió acompañarla, para que ya allí sean sus médicos los que le den la mala noticia. Puesto que el por sí solo no se atreve. Pues como sabes su madre está muy delicada del corazón y como hijo, le preocupa su salud.
— ¡Dios mío! Esto acabará con su vida. Su madre se morirá del disgusto.
— Ya lo sé y no se irá solo una vida. La de tu amigo Raúl. Además de la de su madre que se irá antes que la de su hijo. A no ser que tú lo remedies.
— ¿Qué yo lo remedie? ¿Pero qué puedo hacer yo?
— Mucho Isma, mucho.
— Dime, ¿Qué es lo que puedo hacer?
— Darme tu vida a cambio de la de ellos dos.
— ¿Darte mi vida?
— Sí tú vida.
— ¿Pero no es el alma lo que se pide? Preguntó Ismael a Luzbel. Y a pesar de lo apenado que estaba por la noticia recibida, se lo preguntó en un tono algo sarcástico y jocoso a la vez.
— No Isma, lo que yo quiero es tu vida. Esa vida tan aburrida que tienes según tú.
— Bueno, es que realmente es aburrida.
— ¿Aburrida? ¿Tú no sabes lo que es el aburrimiento? Estar más de dos mil años haciendo lo mismo. Eso sí que es una vida aburrida.
— ¿Qué es lo que tengo que hacer para salvarlos a los dos?
— Ya te lo he dicho. Darme tu vida.
— Pero si tú eres el mal personificado como dices. No la coges y listo.
— Podría hacerlo. Pero en esta ocasión prefiero hacer un trato contigo.
— ¿Un trato? Le preguntó.
— Sí un trato. Le respondió Luzbel.
— ¿Qué trato es ese?
— Darme tu aburrida vida y a cambio yo salvaré la de tu amigo Raúl y la de su madre.
— De acuerdo. Para lo que estoy en este mundo. Qué más da irme antes que irme después.
Isma no has entendido nada.
— ¿Cómo que no he entendido nada? No me has dicho que salvarás a mi amigo y a su madre a cambio de morirme yo en su lugar.
— ¡No! Yo no he dicho nada de que te tengas que morir. Yo he dicho que quiero tu vida.
— Pues tienes razón. No entiendo nada.
— Yo te lo explico.
— Te escucho Luz.
— Yo salvo a tu amigo y a su madre de una muerte inminente. ¿Estás de acuerdo?
— De acuerdo ¿Y qué pasará conmigo?
— Sencillo Isma. Yo me quedaré con tu vida aburrida y tú te quedarás con la mía.
— ¿Cómo que yo me quedaré con la tuya?
— Si Isma. Yo me quedaré con la tuya y tú con la mía y dentro de un año, nos encontraremos de nuevo aquí. Y será entonces cuando me dirás, lo que es vivir una vida aburrida de verdad.
—¿Pero qué será lo que tengo que hacer yo?
— Pues tú harás lo que yo he hecho hasta este momento como Luzbel. Y a cambio, yo haré lo que tú has hecho en tu corta existencia de vida como Ismael.
— ¿Pero si tú eres el Diablo? No podré.
— El trato es trato. Pasado un segundo tú amigo dejará de estar enfermo y su madre también. Tú serás yo. Y yo seré tú. No se hable más.
— Transcurrido el minuto. Ismael pasó a ser Luzbel y éste pasó a ser Ismael. Sin obviar que tanto Raúl como su madre sanaron de sus respectivas enfermedades.
Luzbel, ahora Ismael, cada mañana se levantaba. Iba a la oficina de lunes a sábado y los domingos por la tarde, quedaba en la terraza del bar de la plaza para charlar y tomar unas cervezas con Raúl.
— Por otro lado. Ismael que ahora vivía con la vida de Luzbel, se dedicaba cada día a hacer todo el mal que podía.
Así transcurrió el año convenido del trueque de sus vidas y Ismael que como habíamos dicho ahora era Luzbel, regresó al bar de la plaza para reencontrarse allí con Luzbel, el cual vivía ahora con su vida. Al llegar se sentó y lo hizo en la misma mesa que lo había hecho hasta hacía un año atrás. Mientras esperaba a la persona que su vida ocupaba, pidió una cerveza. Pero ésta, ya no la degustó como la había degustado antes de haber hecho el trueque de su vida. Esperó y esperó. Llegó la hora de cerrar el bar y Luzbel no se presentó a su cita y allí estaba Ismael en su cuerpo, pero sin su vida. Esa que según él era tan aburrida. Esa la cual un día había canjeado para salvar la vida de su amigo y la de su madre de una muerte inminente.
Ismael, ahora Luzbel, al cerrar el bar de la plaza se fue. Pero al siguiente día regresó y ocurrió lo mismo que el día anterior. Así un día y otro día hasta que un año más transcurrió y Luzbel que ahora era Ismael, tampoco se presentó.
— El tiempo transcurría y éste cada día el bar seguía visitando y en una de esas tardes mientras allí estaba sentado Ismael que como habíamos dicho ahora era Luzbel, pensó. ¿Para qué quiero una vida, si no puedo vivirla como la mía? Antes me quejaba de que mi vida era aburrida, pero era mi vida. En cambio ahora vivo una vida muy agitada y también algo arriesgada. ¿Pero de qué me vale? No es mi vida y ni siquiera ésta podría ser mi vida soñada.
— Fue entonces y sólo entonces, cuando de pronto alguien se sentó a su lado diciéndole. Por fin te has dada cuenta. No era nada más y nada menos que Luzbel que hasta hoy había vivido como Ismael.
Ismael, a pesar de haber vivido la vida Luzbel, se sobresaltó, no solo por el hecho de haberlo escuchado. También al comprobar que Luzbel, al final se había dignado acudir a su cita pactada, presentándose éste con dos años de retraso. ¿Un poco tarde no? Le espetó Ismael.
— No, no he llegado tarde. He llegado justo a tiempo.
— ¿A tiempo de qué? Le preguntó Ismael a Luzbel.
— A tiempo de que al fin de hayas dado cuenta.
— ¿De qué me tenía que dar cuenta?
— De que cada uno cuando llega a este mundo, viene no solo con un cuerpo, también viene con una vida.
— ¡Si! ¿Y qué?
Isma, que nadie sabe lo que ese cuerpo va a durar. Pero sí que depende de cada uno, de que ese cuerpo dure bien o dure mal hasta que le llegue su final. Si lo cuidas, tal vez su tiempo en este mundo lo puedas prolongar.
— ¿Ya y qué pasa con la vida?
Isma, con la vida pasará exactamente igual.
— Explícamelo.
— A ver Isma, si no te gusta el modo en que vives tu vida. Solo de ti dependerá, si la quieres cambiar. O si quieres vivirla similar.
— ¿Pero cómo?
— Por ejemplo. Si no te gusta la rutina de tu vida. Has algo nuevo y está cambiará. Recuerda que tú lo has dicho hace solo un momento. ¿Para qué quieres una vida, si no la puedes vivir?
— Si lo recuerdo.
Isma, entonces no lo olvides. Tu eres dueño de tu vida y eres tú y solo tu quien tiene que buscar y poner los medios para cambiarla. En caso de que sea aburrida o no. Ya que solo de ti depende, de como quieras vivir esa tu vida. ¿Lo entiende?
— Si ahora lo entiendo Luzbel.
— Pues no se hable más. Te devuelvo mi vida y yo recojo de nuevo la mía.
Un segundo más tarde. Cada uno de ellos, tenía de nuevo su vida. A partir de ese momento Luzbel, dejó de ser Ismael. Y en contrapartida Ismael dejó de ser también Luzbel. La única diferencia de este cambio, fue que el primero siempre recordó lo del trueque de vidas. Al contrario que el segundo que nunca lo recordó. Pues Luzbel ya se encargó de antemano, que así acontecería. A pesar de todo, Ismael cambió su actitud con respecto al modo en que transcurría su vida. Sin el saber el motivo. Su talante cambió por completo y su vida ya no le parecía tan tediosa. Y ese mismo domingo, un segundo después de haberla recuperado por parte de Luzbel. Así se lo hacía saber a su amigo Raúl.
Un trato con Luzbel

Escrito por Mila Reyes

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