▷ La concertista y su piano babor ✍


La concertista y su piano babor

Acaecía una nueva semana, de un frío mes de enero, por el repique de la arcaica campana, del antiguo reloj de la vieja iglesia, de aquel pequeño pueblo costero, tañían las diez de la mañana, hora de concluir la clase de matemáticas.
La siguiente clase a comenzar era la de música, la profesora nada más entrar había tomado posición, detrás del anticuado piano de cola, de color caoba y algo desafinado que por culpa de la carcoma de sus patas, no se podían ya igualar por lo que era imposible que sus acordes adquirieran entonación, ni afinador que utilizando el mejor diapasón lograra armonizarlo. Pero la convicción de la profesora era tal, que congregaba a todas las alumnas, alrededor de aquel prehistórico piano y las obligaba a cantar y cantar hasta caer desfallecidas. Solo entonces se sentía satisfecha por la labor realizada. Ella, que había sido una de las grandes concertistas de piano en la “National Schools” ella, que se había sentado ante los mejores pianos, tenía que olvidar que las teclas que ahora tenía debajo de sus manos de concertista, no pertenecían a ese desvencijado piano de cola, por eso mientras ella probaba presionar sus teclas blancas y negras y oía a la vez, las voces a coro de sus discípulas, se trasladaba a tiempos mejores e imaginaba que, se encontraba sentada ante aquel majestuoso piano blanco de cola, en el que se sentó por primera vez a la edad de quince años y que fue regalo de su padre, el mismo día en que la admitieron como concertista en la, “National Schools”.
¿Cómo había llegado a aquella situación?, se preguntaba cada día la concertista, pero no encontraba la respuesta, hasta que un día el padre de una de su alumnas la vino a visitar.
 Al entrar en su despacho se saludaron cortésmente.

—Buenas tardes – dijo la concertista.

—Buenas tardes – dijo el padre de la alumna.

—Tome asiento por favor – dijo ella.

—Gracias – dijo él.

—Usted me dirá, ¿de qué quería hablarme?, o ¿en qué puedo ayudarle?

—Me ha dicho mi hija Joliet, que ha trabajado usted en la, “National Schools”.

—Cierto, así es. 

—No le dice nada el nombre de Joliet.

—Pues, que además de ser el de su hija, también es el mío.

—Perdone, mi atrevimiento, desde que se fue de la “National Schools”, hasta llegar a esta humilde escuela de pueblo, ¿qué fue de su vida?,  ¿lo recuerda?

La concertista se puso en pie y con cara sorprendida por el atrevimiento de aquel  hombre, que a pesar de lo incomoda que le había parecido la pregunta, no le contrariaba la persona  de la que provenía dicha pregunta, no sabía cómo pero de pronto, noto como le venían a la memoria algunos recuerdos olvidados, se sentó de nuevo en la silla situada al otro lado de la mesa, frente donde se encontraba sentado el padre de Joliet.

—Se encuentra bien, pregunto él.

Ella tardó en reaccionar, pues por un instante aquella voz le era familiar.

—Si, si, dijo ella, es que me había parecido que estaba hablando con otra persona, ¡su voz me es tan familiar!

—Lo es, se lo aseguro.

—¿Cómo que lo es?, ¿qué quiere decir?, explíquese por favor.

—¿No me reconoces?

—¿Debería?, ¿Por qué me tutea?

—Soy Mikel, Mikel Aston.

En ese momento la concertista, sin mediar palabra alguna, abrió la gaveta de su escritorio, rebusco en ella por un buen rato, hasta que al final saco de ella un viejo álbum de fotos algo ya desgastado, más por el uso que, por el paso del tiempo. Pero que, Mikel al verlo lo reconoció rápidamente, recordaba perfectamente cuando de niño, sacaba y metía reiteradamente las fotos de familia, en aquel ahora viejo, álbum de fotos, bajo la atenta mirada de su madre. Joliet  se puso de pie, dirigiéndose al archivador que había al otro lado del despacho, justo debajo de un gran ventanal que daba al exterior del viejo colegio, ya en el busco entre los expedientes de todas sus alumnas, hasta que encontró el que buscaba. 

—En alto y con voz temblorosa leyó, Joliet Aston, hija de Mikel Aston y de Sara Cook, nacida en Varona, fecha de nacimiento, el uno de enero del mil ochocientos, abuelos paternos, Yak Aston y Joliet Luya. No pudo seguir pues, las lagrimas que le caían de sus ojos, se lo impedían.

Mikel Aston, no pudo más y poniéndose en pie, se dirigió al otro lado de la habitación, abrió sus brazos y acogió a Joliet Luya entre ellos. Pasaron unos minutos hasta que por fin hablaron.

—Hijo mío, ¿cómo me has encontrado?

—Joliet me hablaba tanto de su profesora de piano, que era muy buena, pero que era demasiado estricta, yo al principio solo le decía, no te preocupes hija que todas las grandes pianistas son así, entonces ella me decía, claro porque no eres tú el que está en esa clase, si no verías que lo que digo es cierto, es demasiado estricta papá, para ella parece que no existe vida más allá de su piano de cola, si hasta le ha puesto un nombre a ese destartalado piano.

—¿Un nombre?, le pregunte.

—Si papá un nombre, le llama mi querido babor.

—¿Babor?, le pregunte de nuevo, estás segura hija.

—Si papá, babor, babor.

—En ese momento pensé, que no podían existir dos personas en este mundo que, ame tanto la música como la amabas tú, y que además, le ponga nombre  a su piano, llamándole por el mismo nombre que tú, le habías puesto al tuyo y que, lo hiciste en honor a tu padre que fue, capitán de corveta. En ese instante tuve la certeza, de que te había encontrado.

—Mama, ¿qué te ha pasado?, ¿dónde has estado?

—Recuerdas  el día en que íbamos al entierro de mi padre.

—Lo recuerdo, tomamos un tren para desplazarnos hasta el cementerio.

—Y recuerdas el accidente del tren.

—Si, en el íbamos, papá, tú y yo.

—Bien pues debido a ese accidente, no pudimos asistir al entierro de mi padre.

—Lo sé mamá.

—Bien pues, a la hora de trasladar a los heridos a los hospitales, nos fueron repartiendo al menos entre cinco de ellos, yo estuve en coma durante más de diez años, al despertar no recordaba nada, ni siquiera quien era, nadie me visito en el hospital en todo el tiempo que pase allí, que fue por un periodo de veinticinco años, ni siquiera sabía mi nombre, no sabía si estaba casada o soltera, si tenía familia y lo peor de todo que no recordaba que tenía un hijo.

—Yo tenía solo doce años cuando eso ocurrió, recuerdo que me llevaron al hospital Silencio, con una pierna rota y un brazo quemado por la explosión de uno de los vagones, recuerdo que no hacía más que preguntar todo el tiempo, por papá y por ti.

—Y qué respuesta te daban.

—Que mis padres habían muerto los dos.

—¡Pero yo estaba viva!

—Si mamá, lo estabas, pero como la mayoría de gente murió quemada, hubo mucha que ,no se pudo identificar, ya que, nadie reclamo sus cuerpos.

—El cuerpo de tu padre estaba reconocible, pues aunque su muerte fue a causa del accidente, no estaba herido.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijeron a mí, veinticinco años después de su muerte, cuando logre recordar algo,  indague y me dijeron que había muerto de un infarto.

—¿Y de mi, que te dijeron? 

—Que también habías muerto, de hecho todos los años vuelvo al lugar del accidente y deposito flores en el cementerio que hicieron en el terreno donde descarrilo el tren, y como los muertos no identificados los enterraron todos juntos y habían tanto adultos como niños, yo he ido a llorar por dos allí, durante estos últimos cinco años. 

—¿Cinco? si han pasado ya treinta años desde el accidente.

—Pero yo estoy contando, a partir del momento en que, recuperé gran parte de mi memoria.

Mikel, que fue de tu vida en todo ese tiempo.

—Bueno, pues después de curarme la pierna y el brazo, al comprobar que no tenía más familia que a vosotros que supuestamente habíais muerto los dos, me llevaron a un colegio de huérfanos interno y allí estuve hasta que acabe mis estudios.

— por lo que veo al menos en cuanto a los estudios te fue bien, pues por el expediente veo que trabajas como ingeniero ferroviario. 

—No me quejo, estoy contento con mi trabajo.

—En lo personal como te fue, sobre todo al quedarte solo y haber vivido tu infancia y juventud en ese orfanato.

—Podría haber sido peor, en verdad, al principio todo fue muy duro, darme la noticia de la muerte de papá y tuya, bueno ahora la falsa tuya, verme solo y sin ningún familiar, pero no me quedo otra, pronto me acostumbre y te puedo decir que a pesar de no haberos tenido físicamente junto a mí, ni a papá ni a ti, tuve siempre la sensación de que de alguna manera, si lo estabais, siempre recibí un gran cariño por parte de los cuidadores y profesores.

—Y con el resto de los niños.

—Como que todos los que nos encontrábamos allí, éramos huérfanos y no se hacía distinciones entre unos u otros, ciertamente puedo decir que no lo pase mal, formábamos una gran familia y éramos todos como hermanos.

—No sabes, cuanto me alegro oírte relatar eso hijo mío, Mikel, mi pequeño Mikel.

—Pero cuéntame Mikel, aparte de Joliet, ¿tienes más hijos?, ¿y cómo es tu esposa?

—Tengo un hijo más, pero no te preocupes, que ahora que nos hemos encontrado, ya tendremos mucho tiempo para hablar y ponernos al día de todo.

—De acuerdo, pero deja que te abrace nuevamente.

Al instante los dos, eternizaron un abrazo entrañable.
Después de veinticinco años, la concertista, no solo había recuperado gran parte de su memoria, ya que aún existían grandes lagunas en ella. Asimismo y sin saber cómo, tal vez en una de las visitas guiadas que hacían de vez en cuando con los pacientes afectados por amnesia, fuera del hospital como terapia, los llevaron a un concierto, fue ahí cuando Joliet recordó  su profesión, concertista de piano y fue así, como acabo dando clases de piano, en el colegio de ese pueblo, haciendo sin saberlo de profesora de su nieta. Como colofón la concertista, hoy treinta años después, se reencontró con su hijo Mikel al que creía muerto, enterándose además de la existencia de, una nieta que llevaba el mismo nombre que ella, Joliet, un nieto al que le habían puesto el mismo nombre, que el de su difunto esposo Yak, y una nuera llamada Sara
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