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Relatos (71)

Adiós a Sor     Todo ocurrió, una tarde de un lunes, día veinticuatro de junio, del año mil novecientos noventa y uno. Fue esa, una tarde de despedidas. Del mismo modo que lo había sido un tiempo atrás. Pues, una tarde como la de ese lunes, nos reuníamos unas cuantas madres y padres, de los niños y niñas que estaban preparándose para recibir por primera vez, el Santo Sacramento de la Eucaristía. O lo que es lo mismo, para hacer su Primer Comunión. Para ello, tomaban clases de catequesis con Sor. En honor a la verdad, he de decir que, de entre todos los progenitores, esa tarde, uno de ellos, no había podido acudir a la cita semanal de…
Todas menos una   Todas las señoras mayores del pueblo, visten de oscuro y muy señorial. En honor a la verdad, he de decir que, son todas menos una. Ella, a pesar de ser la mayor de todas, reniega a ataviar sombría y lo hace con vestiduras coloreadas. La buena señora opina que, el día en que abandone este mundo, no habrá más remedio que, estar en la oscuridad, para toda la eternidad. Entonces, mientras aún esté en este, desfrutará de todos los colores y su gran variedad.
Tardes de triciclo   Memoro mi niñez y aquellas tardes en la era. Dando vueltas en su interior. Subida en el pequeño triciclo de mi hermano, un par de años mayor que yo. Ese triciclo, había sido un regalo de nuestro padre. Uno, de esos otros tantos de los que solía traernos, cuando su trabajo se lo permitía y venía a vernos. Los regalos, nos gustaban evidentemente. Pero, mucho más nos gustaba, el tiempo que este, con nosotros pasaba y el cariño y el amor, con que a todos nos trataba. Si mi memoria no me falla, ese pequeño triciclo era de un color amarillo, similar, al del plátano de canarias, cuando este está maduro evidentemente. Su asiento era de…
Me iré libre   —Siéntate por favor. —¿Qué ocurre? —Quiero hablarte. —¿De quién? —De ti y de mí. —¿Por qué? —Porque siento la necesidad de hablarte de algo. —¿De qué? —De la libertad. —¿De la libertad? —Sí, de la libertad. —Pero si yo soy libre. —Ya lo sé. —¿Entonces, por qué quieres hablar de mi libertad? —Yo no he dicho que sea de la tuya. —¿De la de quién entonces? —De la mía. —¿De la tuya? —Sí, de la mía. —No entiendo nada. —Siéntate por favor. —De acuerdo, me siento y explícame ¿qué ocurre con tu libertad? —Pues que, creo que ya va siendo hora de que te vayas. —¿Qué quieres que me vaya? —Sí, quiero que te vayas. —Y…
Las dos cartas   —Pasa. —Bien, ya paso. —Estás dentro. —Lo estoy. —¿Qué ves? —Nada, está oscuro. —Enciende la luz. —No sé dónde está el interruptor. —A la derecha. —A la derecha de quién. —A la tuya. —Bien, ya hay luz. —Y ahora, qué ves. —Una habitación diáfana. —Y, qué más. —Una mesa redonda y muy pequeña. —¿Dónde está situada? —En el centro de la estancia. —Acércate a ella. —De acuerdo, ya me estoy aproximando. —Dime si hay algo encima de esa mesa. —Sí, hay dos sobres. —¿Qué colores tienen? —Uno es blanco y el otro es negro. —Coge uno. —¿Cuál de ellos, el blanco o el negro? —Elige el color que tú quieras. —Bien, ya he elegido uno. —¿Qué…
Hasta el mar   El cielo está despejado. De pronto, las nubes aparecen. Poco a poco, el sol se va ocultando y el cielo, se termina encapotando. Como colofón, las nubes hacen explosión. Gota a gota y en forma de lluvia, el agua comienza a caer. La tierra, con el agua, se va mojando. Los barrancos, con agrado y de modo natural, al agua la van transportando. A las presas, a través de esos barrancos, el agua va llegando y a la vez, estas se van llenando. Ya llenas las presas, estas se van rebosando y el agua de nuevo, por los barrancos seguirá circulando. También, los aljibes reciben agua a través de los barrancos y si hay suerte, estos…
Zapato rojo de tacón   Cada día al ir a trabajar, pasaba por delante del escaparate de la zapatería de la calle principal y cada día ante el me paraba. La razón no era otra que, admirar un precioso zapato rojo de tacón. Y cada día al pasar, parar y al zapato mirar, me volvía lo mismo, a mí misma preguntar. — Me los podría comprar y ponérmelos solo un ratito para andar.Pero luego recapacitaba y me contestaba.— No te los puedes comprar ya que, bien sabes tú que con los tacones no das ni un paso del tamaño de una aceituna. Pero yo no le hice caso a mi razón y si a mi corazón. Los zapatos rojos yo…
Abatido y desesperado   Abatido estaba él, desesperado también. Su mente se le había nublado y no podía pensar con claridad. Sin apenas presentirlo, con el destino chocó y de pronto, contra la cara de este tropezó y a él lo que vio en su cara, para nada le gustó. El destino le hizo saber que, si no cambiaba de actitud no disfrutaría de su juventud. Ya que, son las acciones las que hacen a los hombres, personas de sanos corazones. De pronto, su mente se despejó y poco a poco, su abatimiento se esfumó y con él, la desesperación se marchó. A la sazón comprendió que, para ser feliz no hay por qué hacer infelices a los demás. Fue…
A modo de regadera   El día había amanecido oscuro. Era otoño y estaba siendo duro. Las nubes, habían ocupado el cielo al completo y estas, amenazaban con descargar agua, a modo de tormenta en cualquier momento. Daba miedo al mirar el firmamento, por sospecha de que este, te absorbiera y luego te escupiera, a modo de regadera. Que ganas, de que el otoño terminara ya y que el invierno, llegara detrás en cualquier momento. Para que así, cuanto antes, estos dieran paso a la primavera.
No más frustración   No sé si a alguien más le ha pasado alguna vez. Quieres hablar y no te salen las palabras. Te sientes mal por ello y piensas, tenía que haberle dicho esto, o aquello otro. Entonces, hay veces que la frustración abriga dentro de ti y otras es la decepción la que, de ti se apodera. Solo por el hecho, de no haber podido expresar lo que sentías en ese momento. Si alguna vez te pasa, no te frustres, ni pienses en el fracaso. Coge un lápiz y un papel y escribe todo aquello que sentiste y decir no pudiste. Así que, cuando quieras expresar con palabras lo que sientes y estas no te salgan, escríbelas, y…
Nariz armónica   Su cabeza, iba adornada simplemente con su larga melena rubia y bucleada. En su cara, llevaba dibujada unos grandes ojos de color verde musgo, unos gruesos labios con un toque de color cochinilla y una nariz armónica que no desentonaba con el resto de componentes de su fisonomía.
Los lobos   A pesar de haber presagiado una apacible tarde de paseo por el bosque y luego regresar a casa a la hora de cenar. La verdad es que, a mitad de aquel paseo, la tarde se volvió triste y oscura. El tiempo por momentos, amenazaba con un fortísimo viento. De pronto, la nieve comenzó a caer y no tardó mucho tiempo en comenzar a llover. Entonces, recordaron que no lejos de allí, había un viejo refugio. Apresuraron el paso y a los pocos minutos se encontraban los dos sentados frente a la chimenea encendida, compartiendo una misma manta de lana por abrigo y brindando con una copa de vino caliente. Pero de pronto oyeron unos sigilosos pasos alrededor…
Las invitaciones   Los invitados hacían cola a la entrada del salón de baile. Los mayordomos iban comprobando de una en una, cada una de las invitaciones y a continuación anunciaban su llegada, mencionando sus nombres.
La tartera de su madre   Ese día, no era un día cualquiera. No, no lo era. Ese día, era su primer día de escuela. Ese día, se había levantado algo más temprano de lo que acostumbraba. Se había vestido con el uniforme escolar. Ese día, tomó su desayuno algo más temprano de lo usual. Su madre le tenía ya preparada una tartera con la comida que debía de llevarse ese primer día de escuela. En ella le puso la comida de al mediodía y dos bocadillos, uno era para comer en su primer recreo y el otro, para comerlo a la hora de la merienda. Ese día, regresaría a casa a la hora de cenar por lo que, la…
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